El concepto de nación. Parte I

Crecí en Algorta, cerca de la playa de Arrigunaga, en el municipio de Getxo, un lugar muy bonito en Vizcaya a 12 kms de Bilbao, donde nací. Mis padres eran de Bilbao, mis abuelos también. Mi madre, viviendo en Madrid, vino corriendo a Bilbao a dar a luz para que mi hermana Beatriz, la cuarta de los 6, naciera en el bocho.
Los de Bilbao nacemos donde les da la gana, pero en mi casa, si eso es Bilbao, mejor.  
Ruiz de Velasco, Aranguren, Larrea, Gárate, los cuatro apellidos de mis abuelos.  

La familia de mi madre me hacía más gracia. Tenían sino los 8, al menos 7 apellidos vascos, la de mi padre parecía menos “vasca”, Ruiz de Velasco me sonaba castellano, a pesar que me recordaban que Velasco es una castellanización del apellido Belarko (en euskera “De los Pastos”) y también remarcaban con orgullo que mi bisabuelo Larrea fue presidente del Athletic, tema mayor en Vizcaya.

Pronto entendí que los vascos somos diferentes. No me preguntéis de quién, eso nunca se terminó de definir. El cómo, estaba un poco mejor definido. El vasco es honesto, trabajador, amigo de los amigos, un poco bruto, valiente y leal. Si alguna vez conocéis a vascos que no encajan en esta descripción, mirar bien sus apellidos, seguro que descubriréis que hay alguno no vasco, sin duda responsable de tal rareza.

Me mudé a Londres en el año 2000, tras licenciarme. Mi intención, aprender inglés express durante 10 meses y después volver raudo a mi tierra, a mi gente, a mi mundo.
Esos 10 meses se convirtieron en 10 años, 9 de en UK y uno en US, y nunca volvería a vivir en Bilbao. Tras Londres, fue el turno de Madrid durante casi 4 años y otros 4 aquí, en Barcelona, donde vivo con mi mujer y mis dos hijas.

Durante los primeros años de mi vida en la pérfida Albión realicé grandes hallazgos:
  • No todo el mundo sabe dónde está Bilbao, ni les dice nada el número de apellidos vascos. No sólo eso, hay gente que son felices sin ser de Bilbao.   
  • La honestidad, lealtad, amistad, valentía entre otros atributos no son exclusivos de los vascos, existen personas, sin un sólo apellido vasco, que poseen tales cualidades.
  • Llegué a la conclusión de que las virtudes que más admiro tienen que ver con la persona, mientras que el lugar de nacimiento es un factor irrelevante a la hora de determinar las cualidades de la persona.
  • Las preocupaciones, aspiraciones, sueños y esperanzas de los que hemos tenido la suerte de nacer en países occidentales son muy similares entre sí.

Estas revelaciones, entre otras cosas me hicieron cuestionar los axiomas que había aceptado naturalmente. ¿Qué nos hace diferentes? ¿Qué nos hace únicos? ¿Qué nos separa del resto? ¿Por qué es tan importante de que país, región, nación eres originario? ¿Qué información aporta eso sobre la persona que eres?

Otra observación que empezó a adquirir importancia en mis reflexiones de esa época era la extraordinaria mezcla de los diferentes pueblos que componen hoy europa. Romanos, francos, visigodos, sajones, normandos, vikingos, íberos, árabes y un largo etc… han sido fuerzas dominantes, conquistadoras en uno u otro momento de la historia europea, y pocos de nosotros habrá que no tengamos una historia compartida.

Hoy, en un mundo cada vez más globalizado, esta mezcla se está acelerando y aumentando, gracias a que las barreras físicas se reducen, al igual que las culturales, religiosas,raciales, y muy especialmente, las lingüísticas, que nos permiten comunicarnos, relacionarnos y entender a gentes que estaban fuera del alcance de nuestros predecesores.

Para mi, la nación es un ente abstracto, que sirve para organizar a los individuos que tienen la suerte o desgracia de vivir (por nacimiento o inmigración) en un determinado territorio. Esta organización ha cambiado y evolucionado a lo largo de la historia. No es inmutable, y a menudo ha sido (y sigue siendo) causa de guerra, conflictos y discordia entre seres humanos.

Asociar unas determinadas cualidades diferenciales a cualquier nación o nacionalidad es simplificar la naturaleza humana. Por supuesto que el lugar donde creces, el entorno, la sociedad, los amigos, la familia, y un largo etcétera, dejan una impronta imborrable en la personalidad. Pero, en mi caso, muchas de las relaciones íntimas que tengo hoy en día, son con personas que no compartieron ese entorno y hacia las que tengo más lealtad que a cualquier nación.  

Desde este prisma, la nación es sobre todo un concepto práctico, una manera útil de organizar la sociedad, pero no me despierta lealtad o pertenencia. La nacionalidad la considero un fruto del azar. Geográfico y temporal. Por lo tanto, entiendo que la nación de mis hijas y mis nietos puede diferir de la que me vio nacer (espero que más grande e inclusiva). Las virtudes, atributos y cualidades, sin embargo, espero sigan inmutables y dependan más de la persona y de su esfuerzo por cultivarlas, que de la nación de la que fortuitamente tomen parte.

La misma lógica la aplico a la nacionalidad. No sé qué significa cuando nos referimos a menudo a “...los españoles, los vascos, los catalanes somos, queremos, luchamos…”  me pregunto, qué español concretamente, qué catalán, qué vasco…

La nacionalidad es un elemento descriptivo, alguien es alto o bajo, gordo o flaco, mujer u hombre, vasco o cántabro (o mil otras alternativas). Un elemento de descripción limitado, y desde mi punto de vista, sentirse definido por esa condición, me resulta asombroso.  

Termino el blog de hoy con las preguntas con las que comencé…
¿Por qué le damos tanta importancia a nuestra nacionalidad?
¿Qué creemos que dice de nosotros tan importante que levanta tantas pasiones y polémica?
¿Cómo te definirías a ti mismo?

¿Cuán de importante es para ti tu nación? ¿Y sobre todo, por qué?

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